Aquel día me levanté con ganas de ser fuerte, me levanté y no pensé en ti, ni en nosotros, ni en aquel bonito futuro que planeamos; me levanté pensando en mi camino, mi destino, en mí; me levanté creyendo que ya nada iba a poder conmigo hasta que llegó esa maldita conversación, esa que hubiera podido hasta con el mayor pilar maestro de una casa en construcción.
Fue cuando salí de casa y la vi, nos dimos dos besos y decidimos sentarnos a tomar un café para hablar de nuestras vidas. -Aclararé que es una amiga de la infancia con la cual dejé de hablar hace dos años.-
Hablamos de cómo nos iba la vida en general, recordamos historias de cuando éramos pequeñas, nos preguntamos qué habíamos hecho en esos dos años sin hablarnos y me preguntó por él (sí, voy un poco rápido en la historia, pero ya sabéis que a nadie le interesan todas las batallitas de cuando éramos unas crías), me preguntó qué tal estábamos, cómo  seguíamos, qué tal llevábamos nuestra bonita y larga historia de amor. -He de deciros, que Laura y yo nos dejamos de hablar por mi "bonita historia de amor", yo pasaba mucho tiempo con él y, descuide nuestra amistad (no lo hagáis nunca).-
Cuando me preguntó todas aquellas cosas, no supe como reaccionar, no sabía qué decirle, me quedé en blanco mirando hacia el suelo para que no viera que mis ojos parecían un mar de lágrimas. Me preguntó qué pasaba con un tono de voz preocupado y rompí a llorar, rompí a llorar como cuando tiras un vaso al suelo y todos los trozos de cristal se esparcen por todos los recovecos del lugar, y todos esos trozos de cristal, eran mis lágrimas.
Se levantó y me abrazó, me cogió y nos fuimos a su casa como cuando éramos pequeñas a sentarnos en su cama y contarnos todas las cosas que necesitábamos soltar y ahí salió todo, en esa habitación, con Laura abrazándome y aún sin saber toda la historia, llorando y llorando hasta que logré calmarme y pude explicarle todo lo que había pasado.
Me miró y calmadamente me dijo que no hacía falta que le contara nada si no quería, pero quería, bueno ¡necesitaba contarlo todo! y empecé. Le conté que hacía tres meses que lo habíamos dejado, que se había ido, que mi casa estaba nostálgica sin sus maratones de gimnasia de por las tardes, que mi cama estaba vacía sin él tirado en ella medio dormido y suplicando que apagara la luz y me tumbara con él para abrazarnos, que la ducha echaba de menos que cantara cada mañana a pleno pulmón la misma canción de siempre, que cuando le escuchaba reír, ese momento era el mejor de todo el día, que aún seguía mirando nuestras fotos antes de irme a dormir para recordar lo increíblemente feliz que fui, que mis manos, echaban de menos el contacto de las suyas y que mis labios, echaban de menos sus mordiscos de dulzura, que le echaba de menos, que aún tengo su olor pegado a mí cada día y que no soporto su ausencia, y para acabar, le conté que no conseguía imaginarme un futuro sin todas las cosas que planeamos juntos y que no sabía cómo seguir. Nos quedamos en silencio más de un minuto, me tenía cogida la mano y ya con eso me daba una tranquilidad digna de sentir y recibir, desde pequeñas sabía cómo tranquilizarme, tenía un don. Ella rompió el silencio, aquel sonoro y triste silencio, y me dijo esa frase que te llega tan tan dentro del alma, que nunca puedes desprenderte de ella: 《Noa, cuando una persona se va de tu vida, tienes que aprender a convivir con los recuerdos que tienes y dejar de clamar por los que jamás tendrás》.