Recuerdo que aquel día
te dije que teníamos
toda una noche de otoño
por delante para toda
la vida,
esa noche de otoño
que duraría setenta y siete
veranos ardientes,
como tu cuerpo contra el mío
cuando me abrazabas
reclamando una tregua
para descansar
por todo el fuego que proferíamos.
Arrasé contigo,
lo sé,
como todos esos vendavales
del pasado arrasaron
conmigo
y lo siento,
te lo juro,
te quería, te juro que te quería,
y quería seguir viendo
tu devastadora sonrisa
cada día de mi vida,
quería seguir abrazándote
y llenándome de tu calor;
y te prometo que me gustaría
volver hacia atrás
y valorarte,
y quererte,
y abrazarte,
y besarte,
y morderte,
y comprenderte
como nunca nadie lo hizo
por ti,
pero ya es tarde,
el verano se acaba
y con él se van esas
pequeñas tardes en las que
me sentía como en casa
cuando me abrazabas;
y vuelve el invierno,
el solitario invierno,
y tú ya tienes la compañía
que durante aquellos días
pude darte pero
escapé,
huí;
y ahora,
volveré a mi
estúpida rutina de invierno
sin ti
y le pondré tu nombre,
e intentaré hacer este desastre
más llevadero.